donde el jamón

no era jamón

Foto Estudio Luisita

CURADURÍA FRANCISCO MEDAIL

Moria Casan

Cuando conocí a Sol Miraglia, ella llevaba casi diez años trabajando en la puesta en valor de Foto Estudio Luisita. Sol repetía incansablemente que Luisa había sido ninguneada por el mundo de la fotografía, pero que ella haría lo imposible para otorgarle el reconocimiento que se merece. Una militancia talibana, sostenida en la creencia inexorable de que las fotografías de su amiga tenían valor artístico propio.

            Hace ya algunos años que el trabajo de Sol ha comenzado a dar sus frutos. Principalmente desde el ámbito del cine, pero también en algunas miradas desde el arte contemporáneo. Sin embargo, la reticencia a su trabajo sigue siendo frecuente y aquella frase repetida continúa aún en vigencia. Me animo a decir entonces que ese ninguneo puede ser entendido como un acto reflejo a lo desconocido. Una suerte de inercia, propia de quien no tiene herramientas más que su sesgo de clase para enfrentarse a eso otro, a lo nuevo, a lo intempestivo. Es que Foto Estudio Luisita representa un caso inabordable para la historiografía del arte tradicional que suele aplicarse al estudio de la fotografía. Podemos arriesgar así que Luisita rompe al menos con tres dogmas fundantes de esta perspectiva. En primer lugar, no trata de una autoría individual: si el relato canónico construyó la historia de la fotografía a través de la figura de los grandes maestros, aquí se encuentra con la dificultad de abordar un estudio fotográfico cuya firma no recae en el nombre propio de Luisa Escarria, sino en el resultado de una labor colectiva. Roto este dogma, nos encontramos frente a imágenes que no remiten a la expresión individual de un genio, y menos a la de un genio varón, blanco y heterosexual. Por el contrario, estas imágenes son producto del trabajo conjunto de un verdadero matriarcado, compuesto por tres mujeres latinas, inmigrantes y solteras. Aparece también un tercer dogma, vinculado directamente al contenido de estas imágenes: si el canon de la fotografía estuvo ligado al modernismo, al juego de ángulos, luces y sombras, y al retrato de las célebres figuras de la élite cultural, Foto Estudio Luisita se abocó exactamente a lo opuesto. Es un registro sistemático e inalterable de la cultura de masas, del gusto de las clases populares en un período histórico caracterizado por el auge del espectáculo y los medios de comunicación. Sus fotografías muestran vedettes, plumas, bataclanas y concheros. También los rostros incipientes de quienes luego serían reconocidas figuras del teatro y la televisión. Hay músicos de los géneros más diversos y menospreciados: salsa, merengue, folklore, cumbia, mambo. Cantantes que venían a probar suerte en Buenos Aires, bailarinas amateurs, payasos y transformistas. Foto Estudio Luisita representa, desde el canon del arte tradicional, lo kitsch, lo grasa, el mal gusto. Y es ahí donde radica la mayor potencia de sus imágenes.

            Presentamos un recorrido virtual por la historia del estudio, haciendo énfasis en sus distintas facetas y la relación entre el desarrollo del teatro de revista y las tecnologías utilizadas para su representación visual. Un recorrido inicial, que permite dar a conocer parte de su extenso archivo y colaborar con Sol en su puesta en valor. Lejos de caer en una romantización de la cultura popular, es importante señalar la necesidad de un abordaje de género a futuro que pueda profundizar en la cosificación de la mujer, la homofobia y otros discursos sedimentados en los consumos culturales masivos que estas imágenes representan. Aún así, el caso de Foto Estudio Luisita permite señalar la ineficacia de ciertas categorías de la historia del arte a la hora de abordar la producción fotográfica local y la necesidad de pensar nuevas herramientas conceptuales. Se puede arriesgar, en ese sentido, que hay un cuarto dogma por romper aún: que Foto Estudio Luisita no es un caso único ni aislado, que todavía hay varios archivos de estudios similares, escondidos o abandonados, a la espera de salir a la luz. Por más Luisitas, entonces, y por más Sol Miraglias que militen esos rescates. 

Un estudio migrante

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Luisa Escarria llegó a Buenos Aires en 1958. Había abandonado Colombia al igual que su madre y sus hermanas Chela y Rosita, producto de los enfrentamientos armados que caracterizaron aquél período como La Violencia. Asentadas en un departamento de la calle Corrientes, retomaron pronto la actividad fotográfica que venían desempeñando en la ciudad de Cali primero y en Bogotá después. Montaron el estudio con lo que tenían: un fondo infinito móvil en el living, algunas luces y el laboratorio que se armaba y desarmaba todas las noches. Luisita había aprendido el oficio de su madre, quien ahora regía de supervisora y Chela se encargaba del revelado y los retoques.

Chela, hermana de luisita
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La llegada al Maipo

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En sus primeros años, Foto Estudio Luisita se dedicó a revelar fotografías de turistas y realizar retratos de clientes varios. Sin embargo, la situación cambiaría cuando el cantante colombiano Marfil, que vivía en el mismo edificio y había creado un vínculo de amistad con sus compatriotas, les presentó a Amelita Vargas para que le realicen una sesión de fotos. Vargas, reconocida cantante de mambo de la época, quedó impresionada con el trabajo de Luisita y la contactó con la actriz Juanita Martinez, quien a través de su marido José Marrone, la puso en contacto con empresarios teatrales. De ese modo, Luisita se convirtió rápidamente en uno de los principales estudios fotográficos abocados a la producción teatral de la calle Corrientes.

Mimí Ardu

Por el Estudio pasaron las principales vedettes del momento como Zulma Faiad, Nelida Lobato, Ambar La Fox, Vanessa Show, y también quienes comenzaban a dar sus primeros pasos en el teatro de revista. Así, Foto Estudio Luisita llegó a retratar a una joven Moría Casan, a Susana Gimenez, las hermanas Pons, Ethel y Gogo Rojo, Lia Crucet, Thelma Tixou, Nacha Guevara, entre tantas. La mística que portaban estas figuras se complementaba con el tono cálido y pausado de Luisa y sus hermanas. Esa tranquilidad transmitía confianza y permitía el despliegue de las modelos sin inhibiciones ni sobresaltos. Con una Hasselblad de formato medio y dos luces continuas, Luisita llevó sus rostros a las carteleras más importantes de los teatros de revista.

Chela era la encargada de revelar los negativos y hacer los retoques necesarios. Con un set de tintas especiales y mucha paciencia, retocaba manualmente cada uno de los negativos para borrar elementos no deseados, iluminar el rostro de las retratadas u oscurecer parte de sus cuerpos.

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Tropicalísima

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Además de los encargos para el teatro de revista, desde sus comienzos Foto Estudio Luisita se abocó al retrato de músicos e intérpretes de géneros diversos. Pasaron por allí cantantes de cumbia, boleros, folklore, mambo, entre tantos. De Tita Melero a Pichi Landi, de Atahualpa Yupanki a Ianka y sus Tropicanas, del Cuarteto Imperial a Rikilin. Algunos cantantes venían a Buenos Aires a probar suerte o grabar un disco y volvían a sus ciudades de origen. En los ochenta, Luisita trabajó para discográficas de música tropical, lo que permitió un ingreso estable en tiempos en que el teatro de revistas comenzaba su ocaso. Muchas de esas fotografías fueron tapas de disco y cartelera de recitales. 

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Luisa había estudiado con Pedro Otero, un fotógrafo de Avellaneda reconocido por su serie La Música, realizada a través de collages y superposición de negativos fotográficos. Estas técnicas eran luego compartidas con Chela, quien hizo uso del collage como una de sus herramientas principales a la hora de componer imágenes musicales.

Los Cantores del Paraguay
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Plumas y lentejuelas

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Hacia finales de la década del setenta y principios de los ochenta el estudio comenzó a incorporar la fotografía color. El uso de diapositivas de formato medio coincidió con un período de la revista más lúbrico y extravagante. Estas fotografías se caracterizan por una mayor ligereza de ropas, poses más osadas y el exceso de plumas. Es interesante notar que estas imágenes convivieron con uno de los períodos más oscuros de la historia argentina. Mientras la represión militar controlaba las calles, había un submundo de erotismo y lujuria que supo mantenerse en discreción.

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